Muñecas Rusas: la intimidad cíclica

lunes, 01 de diciembre de 2014 
Imagen de Muñecas Rusas: la intimidad cíclica
Reflexion sobre Muñecas Rusas, por Silvia García-Solís

Por: Silvia García-Solís


“El cine utiliza el lenguaje de los sueños; los años pueden pasar en segundos y se puede saltar de un lugar a otro. Es un lenguaje hecho de imagen. Y en el verdadero cine, cada objeto y cada luz significa algo como en un sueño”
Federico Fellini

El acto de ver una película por primera vez , es un acto de fe. El adentrarse en la sala oscura y entregar las siguientes dos horas de la vida a un desconocido, es una acción tan íntima como el amor, como el sexo. Sabemos como empieza, pero no como termina, ni cómo saldrá uno de la experiencia. 

Esa intimidad que transforma es justamente lo que nos presenta Jurgen Ureña en su primer largometraje “Muñecas Rusas”. Un ejercicio cinematográfico donde la intimidad de la creación y el amor se mezclan en una dualidad de fantasías y realidades inmersas una dentro de la otra. La premisa, a primera vista es simple: Antonio un director de cine, reflexiona sobre su propia relación con su esposa Elena y su amante Luisa mientras realiza una audición para encontrar los actores que representarán los papeles de los protagonistas de su próximo proyecto: los amantes Elsa y Miguel. Ureña nutre esa idea sencilla con una puesta en escena compleja: treinta actores representan a Elsa y Miguel en diferentes momentos de la audición, y para intensificar todavía más ese bucle de realidad/ficción, las duplas de actores son o han sido pareja en la vida real. De ahí el título indicativo de “Muñecas Rusas”. El filme se divide en cinco “capítulos”, cada uno antecedido por una pregunta, que no necesariamente encontrará respuesta, pero que de alguna manera parte como generadora del texto recitado por los actores.

La Ruptura 
La narrativa cíclica de “Muñecas Rusas” obliga al espectador a avanzar en órbitas alrededor del universo compuesto por Ureña, descolocando a un público muchas veces indolente  acostumbrado a las narrativas lineales, y obligándolo a meditar sobre el tiempo que está contemplando y el paso del mismo en la acción; así como de la acción misma.  Es ahí donde se da la ruptura primordial de “Muñecas Rusas”, en la necesidad del espectador de realizar un ejercicio personal conforme ve la película, y no ser más un observador pasivo. 

Es una ruptura que se agradece en un cine nacional que muchas veces peca considerando a sus espectadores incapaces de formularse preguntas complejas. El enfrentar e invitar al público a unirse al  juego propuesto por el equipo liderado por Ureña, enfatiza el efecto lúdico del filme. 

Entre las tablas y la cinefilia
La acción se desarrolla enteramente en el escenario de un teatro, y el elenco está compuesto casi en su totalidad por fogueados actores de teatro, cuestión que en casos muy específicos, produce reacciones incómodas: algunas actuaciones resultan forzadas y rígidas, con entonaciones puramente teatrales. Pero únicamente por la naturaleza teatral de “Muñecas Rusas” puede decirse que esa rigidez resulta consistente con la totalidad del filme.

La cinefilia es sin duda el motor de “Muñecas Rusas”. Acentuando la duplicación aumentada, el director emula temas y estéticas de la cinematografía mundial, en un homenaje de 70 minutos al quehacer cinematográfico. Perfectamente podría realizarse el ejercicio de identificar las escenas que nacen como homenaje a Federico Fellini y Orson Welles entre otros, reinterpretadas por Ureña, complementado por una excelente fotografía de Nicolás Wong y el montaje de Alexandra Latishev. 

El largometraje forma parte de la punta de lanza de lo que podría titularse el Nuevo Cine Costarricense, donde el localismo y costumbrismo dan paso a conceptos y temas globales con tratamientos complejos. Ureña, y sus "Muñecas Rusas" demuestran la capacidad de creación fuera del molde auto impuesto de la cinematografía costarricense, y a pesar de no ser una película para todo público, sí es un filme de asistencia obligatoria. 

Es en el instante en que las luces iluminan de nuevo la sala, cuando descubrimos que a penas estamos empezando el viaje intimista de "Muñecas Rusas". Ureña nos llevó de la mano hasta una nueva visión del "cine tico", y es ahora cuando el verdadero acto de fe inicia. 
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