Ciertas mujeres. Primera parte: intenciones limitadas

jueves, 08 de marzo de 2018 
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La primera entrega de una serie sobre ciertas mujeres en el mundo del cine.
Por Luciana Gallegos | [email protected]
“Cuando ustedes me pidieron que hablara sobre mujeres y ficción, me senté a la orilla de un río y comencé a preguntarme qué significaban esas palabras [...] El título mujeres y ficción puede significar mujeres y cómo son; o puede significar mujeres y la ficción que escriben; o puede significar mujeres y la ficción que se escribe sobre ellas [...] las mujeres y la ficción permanecen, en lo que a mí respecta, problemas sin resolver”. Así, vacilante, comienza A room of one’s own, ensayo de Virginia Woolf publicado en 1929, donde la escritora inglesa traza distintas asociaciones, entre ellas la relación entre arte y dinero. El tiempo y la libertad necesarios para desarrollar proyectos artísticos e intelectuales, decía, tienen que ver, estrechamente, con las experiencias de clase y los recursos económicos a disposición de cada persona.

Un siglo después, la discusión sobre género, dinero y creación artística sigue vigente. Si hablamos de cine, específicamente, el asunto se ha abordado de múltiples formas. Se comparan, por ejemplo, los salarios en la industria cinematográfica, donde al igual que en otros ámbitos la brecha salarial por género suele ser desfavorable para las mujeres. También se hacen otros conteos. ¿Cuántas directoras han estado encargadas de películas con enormes presupuestos (más de 100 millones de dólares)? ¿Cuántas de las películas de mayor recaudación han sido dirigidas por mujeres? En resumen: no muchas. “Pocas cineastas han tenido el lujo de hacer más de un par de películas. ¿Como alcanzar el estatus de ‘autor’ con tan pocas películas a su nombre? ¿Qué tan rápido desaparecen sus rastros de la historia como resultado?”, se preguntaba Isabel Stevens en un número de Sight & Sound titulado The Female Gaze.

En general, el financiamiento se considera un desafío particularmente duro para proyectos liderados por mujeres. Cathy Schulman, una productora estadounidense, presidente del grupo Women in Film, concluyó hace unos años que su tasa de éxito con proyectos dirigidos por mujeres hasta el momento era “horrenda”. “No puedo conseguir el dinero. No son los proyectos, no es el desarrollo, no son los escritores, no son las directoras, ni los actores. Es el dinero.” Más recientemente, al aceptar el premio como Mejor Actriz por su papel protagónico en Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, Frances McDormand afirmó que todas las mujeres que trabajaban en cine tenían “historias que contar y proyectos que necesitan financiamiento”.

No todo lo que se cuenta es dinero

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La historieta Dykes to Watch Out For, de Alison Bechdel, fue el origen del popular y discutible test de Bechdel.

Otra forma de evaluar asuntos de género en el cine es la representación: sus patrones, sus fórmulas, su amplitud, su ambigüedad. Dentro de esto—quizás por ser un criterio claro y sencillo de evaluación, al menos en comparación con otros aspectos formales—, en tiempos recientes se ha optado por analizar, de forma cuantitativa, la participación diferenciada en los diálogos de las películas. En las ganadoras a Mejor Película en los Oscar, las palabras dichas por personajes hombres son más, muchas más, que aquellas pronunciadas por mujeres. ¿Esto quiere decir que son “malas” películas? No. Al menos no por esa razón. Estudios de ese tipo pueden ser útiles para reconocer algunos patrones generales, no así para evaluar los méritos estéticos, formales o morales de cada película en particular. Además, su aplicación es complicada. En una escena de Spotlight (2015), por ejemplo, la abuela de la periodista Sacha Pfieffer (Rachel McAdams) le pide un vaso de agua a su nieta. ¿Entonces, Spotlight aprueba o reprueba el tan popular como discutible Test de Bechdel (según el cual se examina si una película tiene dos personajes mujeres, con nombre, que se hablan entre ellas sobre algo además de un hombre)? Discusión abierta.

Sea cual sea el criterio de evaluación, es innegable que estas aproximaciones tienen distintos sesgos y límites. Uno de ellos es que se discute el cine, en general, con base en información sobre el contexto estadounidense o angloparlante. Informes como el Celluloid Ceiling Report explícitamente excluyen “películas extranjeras” de sus evaluaciones. Así, cabe preguntarse cómo se manifiestan estos puntos en distintos territorios. ¿En Latinoamérica, en Costa Rica? ¿Será que, como especuló la directora argentina Lucrecia Martel, “el cine naturalmente es una tarea que terminará siendo de mujeres y después, dentro de 50 años, ya veremos cómo hacemos para que entren los varones"? Veremos.

Intenciones limitadas

Para Woolf, una posible forma de abordar el asunto de mujeres y ficción era enfocarse en algunas de sus representantes. Mencionar a unas cuantas de las escritoras que conocía o admiraba. Sin embargo, descartó esa ruta. Prefirió detenerse a examinar cada término—mujer, ficción—y sus relaciones con más profundidad. ¿Qué significa hablar sobre mujeres y cine? A diferencia de Woolf, no pretendo examinar esos términos con mucha profundidad. Tomo, en cambio, la ruta descartada por ella hace más de cien años. La ruta sencilla. Cada jueves de este mes, voy a compartir breves presentaciones de ciertas mujeres que admiro en el mundo del cine. Directoras, actrices, editoras, escritoras, críticas, programadoras. Una lista como todas las listas: limitada, criticable, arbitraria.

El título “ciertas mujeres” hace referencia a Certain Women (2016), excelente película de Kelly Reichardt. Disculpas a Reichardt. Próxima entrega: directoras.
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